Una devoción mejicana en Benamejí

FRANCISCO PACHECO ARIAS.
Su cambio de ubicación en la ermita de la Virgen de la Cabeza, pasando de coronar el presbiterio a estar a una altura cómoda de ver en el templo. Ha puesto de manifiesto la gran calidad artística y la monumentalidad de esta obra que pasaba casi desapercibida. Se trata de la Virgen de Guadalupe, réplica del icono más venerado en toda Hispanoamérica.
La historia de esta advocación tiene su origen en el año 1531, en Tepeyac, Méjico cuando la Virgen se le apareció al indio Juan Diego y su figura quedó plasmada en su tilma como prueba, ante la incredulidad del clero, de la veracidad del prodigio.
Pero no fue hasta mediados del siglo XVII cuando el fervor guadalupano se consolidó y enraizó en el continente americano de manera definitiva. Proliferando las copias pictóricas del lienzo original. Este fenómeno hizo que esta advocación traspasará las fronteras americanas, difundiéndose primero por los franciscanos y posteriormente por los jesuitas por toda España a lo largo de los siglos XVII y XVIII con una gran aceptación . Muchas de estas obras eran envíos de indianos a tierras españolas como regalo a su lugares de origen o como muestra pública de religiosidad ante sus vecinos.
La iconografía de la Virgen de Guadalupe es de indudable ascendencia apocalíptica, lo que avala la tesis que la vincula a la Inmaculada Concepción. El tipo apocalíptico descrito por San Juan incluía elementos como la luna menguante, las manos en actitud de oración, la corona , o los rayos solares que la rodean, que pasaron a formar parte de la iconografía guadalupana. El angelito que se sitúa a sus pies compendia de algún modo las presencias angélicas que menciona San Juan y la mandorla de nubes que la rodea señala su condición de aparecida.
La diversidad iconográfica presenta tres modalidades según los elementos que acompañan a la Virgen:

1. Fieles copias del original.
Así llamadas en base a su similitud con la imagen estampada en el tilma. Prescinden de las escenas de las apariciones y de elementos ornamentales. La mayoría datan del siglo XVII.

2. Con las escenas de las apariciones.
Es el grupo más común. A él pertenecen obras que representan en sus ángulos cuatro cartelas que narran la secuencia de las apariciones y el milagro de las rosas. Y en ocasiones la escena se completa con una vista del Santuario del Tepeyac a los pies de la Virgen. Estas obras suelen ir acompañadas de rosas y/o angelitos. A partir de la segunda mitad del siglo XVII.

3. Iconografías alternativas.
A este grupo pertenecen pinturas que presentan novedades con respecto a los modelos tradicionales. En ocasiones lo que varía es la composición, y en otras la forma o el soporte. Muchas de estas obras son propias del siglo XVIII.
La tipología iconográfica que más triunfó en los envíos peninsulares representaba a la Virgen de Guadalupe acuñada de forma invariable al original mejicano, tal y como aparecía estampada en la tilma: sobre un cúmulo de nubes, orante ,con corona y rodeada de rayos solares. Viste túnica rosa y un manto azul decorado con estrellas que le cubre la cabeza. Se apoya sobre la luna en cuarto creciente, sostenida por un ángel con las alas de color rojo, azul y amarillo. Su rasgo más distintivo es la piel morena como la de los indios. La efigie mariana aparece rodeada en los ángulos de un esquema tetra episódico que describe la historia de las apariciones al indio Juan Diego.
Los medallones que enmarcan las escenas pueden ser de forma poligonal u ovalada. A los pies de la Virgen la escena del Tepeyac no es tan común, pero figura en muchas de ellas alcanzando una gran exhaustividad. La titular suele estar rodeada por un marco de nubes, guirnaldas de rosas, ángeles, arcángeles y emblemas marianos. En esta iconografía ha importado más la carga devocional y evangélica que los aspectos artísticos y estéticos propios de una obra de arte.
La pintura que encontramos en Benamejí responde a las directrices comentadas anteriormente en lo que se refiere al repertorio iconográfico utilizado. El motivo central es la imagen de la Virgen de Guadalupe, de cuerpo entero, en pie y con una rodilla flexionada hacia delante, con las manos en actitud de oración sobre el pecho y el rostro, de tres cuartos, inclinado hacia la zona inferior; viste túnica rosácea y manto azul con estrellas doradas que le cubre la cabeza, sobre la que se sitúa una corona, continuación del halo de ráfagas áureas que la envuelve; una luna en cuarto creciente se dispone a sus pies y bajo ésta, un querubín sostiene parte del manto y la túnica.
La imagen aparece rodeada por cuatro medallones de forma oval en los ángulos, enmarcados con finas molduras doradas con filos negros que representan las siguientes escenas: la primera aparición de la Virgen de Guadalupe a Juan Diego en Tepeyac, la segunda aparición a Juan Diego; la tercera aparición y el milagro de las rosas y por último, la escena en la que Juan Diego, al querer mostrar las rosas al obispo Juan Zumárraga, descubre que han desaparecido y en su lugar ha quedado impresa la imagen de la Virgen en su tilma. Todo aparece con un estilo descriptivo intentando transmitir mediante la explicación visual su origen legendario. La representación de Juan Diego muestra su condición de indígena mediante sus facciones y el color oscuro de su tez y la imagen de la Virgen sigue el modelo fiel al original.
El lienzo de la Virgen de Guadalupe llegó a la ermita en fechas posteriores a 1682, ya que en el inventario de bienes que el marqués cede a los frailes en el momento de tomar posesión del edificio, no constaba la existencia de este cuadro. Dato recogido en el libro, “Fundación y doctación del Ospicio y Convento de carmelitas descalcos de la villa de Benamexi” del archivo histórico provincial de Córdoba. Este hecho unido a una serie de características tales como la sencillez en las escenas narradas, la simplicidad de la composición sin guirnaldas, ángeles y elementos dieciochescos como rocallas y la no presencia de la escena del Tepeyac a los pies de la imagen, permiten fecharla como una obra de finales del siglo XVII. Es una buena oportunidad para visitar de nuevo la ermita y contemplar esta pintura que enriquece el patrimonio de nuestra localidad.

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