Películas para ver con mamá

TERESA CABELLO RUIZ

127--cineIntensa y abrupta. Así es la última de Almodóvar, un drama −el género que mejor le sienta− que bien podría constituir una trilogía de la maternidad junto a Tacones lejanos (1991) y Todo sobre mi madre (1999). Como hicieran Michael Curtiz con su Mildred Pierce (1945) o King Vidor en Stella Dallas (1937), Almodóvar homenajea de nuevo a la madre –personaje habitual de su filmografía− aunque alejándose de aquellos cineastas y tomando como punto de partida los textos de la premio nobel Alice Munro, a quien ya citó en La piel que habito (2011).
El encuentro casual con un personaje del pasado provoca la tradicional analepsis almodovariana que configura el argumento y define a los personajes, presentándose ante el espectador una doble historia de amor: la de una mujer hacia su amado y la de una madre hacia su hija. El determinante viaje en tren de la protagonista –interesante ese personaje que con su tragedia desencadena los acontecimientos− constituye la epítome de la odisea de Julieta, un periplo de muerte y vida que incluye dos hombres fundamentales: el comprensivo, fiel y leal como un perro, frente al ciervo en celo, el héroe pasional de raigambre griega, la escultura compartida, un Rochester contemporáneo. Por su parte, la personalidad de la hija se diluye de modo irregular e imperfecto, mermando consistencia a una narración que prefiere centrarse en los estados anímicos de la protagonista y la adquisición de su propia paz, uno de los temas más recurrentes en la obra del director. Con un final tan repentino que pudo desagradar a quienes se encontraban sumidos en la profunda recreación sentimental y emocional que ofrece Julieta, la postrera obra de Almodóvar tanto satisface por su peculiar mirada formal y la sensibilidad de su protagonista, como irrita por los excesivos aderezos culturetas y la débil descripción de los personajes secundarios. Pese a ello, la madre de quien esto escribe concluía así la tarde de cine: «es un drama de amor y pena muy bonito». Tal vez el jurado de Cannes arribe a idéntico veredicto tras el pase de Julieta en la 69ª edición de su festival. Veremos.
Trasladar una obra lorquiana al ámbito cinematográfico no es tarea fácil. Aunque la poética del escritor granadino ostenta una poderosa fuerza plástica, la recreación más allá de un escenario no siempre ha de resultar favorable. Sin embargo, la directora Paula Ortiz consigue aproximarse al particular universo de Lorca y transformar en fotogramas su peculiar magia y lirismo. Si bien algún personaje no funciona demasiado bien −como en el caso de la mendiga−, se suple la falta con una excelente fotografía y el extenso y cuidado catálogo de símbolos: los páramos yermos con formas fálicas frente a la arboleda de los amantes, los cristales como lágrimas e imagen de fragilidad y muerte, o el caballo como alegoría de la pasión sexual y el impulso más visceral. A destacar, igualmente, cómo la música conduce al espectador hacia el fatal desenlace, mostrándose, unas veces, como melodía romántica y, otras, como canción popular escrita o compilada por el propio Lorca y resucitada, admirablemente, en los labios de Vanesa Martín e Inma Cuesta, la novia. Curiosamente, uno de los hechos singulares resulta la desviación del protagonismo de la madre de Bodas de Sangre hacia esta novia. Si bien en la obra teatral era la progenitora la que poseía mayor peso dramático, que en esta versión sea la novia adúltera quien ostente ese privilegio, supone una novedad. No asistimos a la tragedia de una madre, la cual ya conocemos, comprendemos y asumimos, sino a la tragedia de una víctima opuesta. La directora expone la lucha interna de la novia y los motivos de su proceder sin culpabilizarla, sino todo lo contrario, haciendo cómplice al espectador de su delito e instándonos a empatizar con su pena y redimirla. Pero no se halla en este giro la única novedad, sino en el tratamiento del cuerpo desnudo del amante y de la propia Inma Cuesta, a quien la directora –sin duda comprometida con la causa− muestra como una mujer real, sin esconder sus pliegues ni redondeces.
¿El veredicto de la madre de la criticona del BEIN? Como no podía ser de otra manera: «muy bonita».

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