MORIR EN BENAMEJÍ Retrato, ritual, leyenda y patrimonio de difuntos

JUAN MANUEL MORALES

RETRATO
Hasta no hace mucho, las funerarias ofrecían la posibilidad de fotografiar al difunto, con la finalidad de colocar su imagen en la lápida, en el caso de no tener éste fotografías en vida. Esto viene de lejos, del siglo XIX, en el que se podía dar el caso de tener la foto de un ser querido muerto y no tener su foto en vida, por descuido o por escasez económica a la hora de gastar en la fotografía, un bien secundario y de clases acomodadas. Pero la foto del amado, del hijo o del padre muerto se hacía necesaria para conservar alguna imagen para el recuerdo del mismo. Hay que decir además que la muerte no era ningún tabú en el siglo XIX como pueda suceder hoy, en que resulta impensable y escalofriante hacer posar a un muerto ante la cámara.
Que la muerte no fuese tabú entonces está en relación con la convivencia diaria con ella: la mortalidad era alta, en especial la mortalidad infantil, lo que ligado a lo “angelical” del cadáver, hacen de los niños y las jóvenes las fotos de difuntos más comunes que han llegado hasta nosotros. A esto sumemos el hecho de que se han destruido antes que las de los niños, las fotos de adultos y ancianos, imágenes más siniestras e inquietantes. Aunque sabemos que existieron muchas, precisamente las que conocemos que han llegado a nuestros días en Benamejí son de ese tipo: las de una niña pequeña y la de una joven, que Antonio Paredes -los descendientes de José Marrón- y Carmela Pedrosa han conservado hasta hoy. Mostramos aquí con rigor y respetuosamente la fotografía de la antepasada de Carmela, por su belleza e interés antropológico, un original que se expondrá cuidadosamente en el Museo de Benamejí.
Sepamos que el tema de la “joven muerta” fue tratado también en la pintura, por Julio Romero de Torres. Anteriormente, en el barroco, existió esa iconografía asociada a la muerte de la Virgen; se dio tanto en pintura como en escultura, y se llama en concreto “Dormición o Tránsito de la Virgen”. En Antequera existen ejemplos bellísimos, en la Iglesia de las Descalzas o en el Museo de la Ciudad.

RITUAL
Conservan, además de las fotos de niñas muertas, los descendientes y herederos de José Marrón su “corona de difunto”. Es el ornamento decorativo y recordatorio que acompañó al finado, en los rituales de velatorio, misa y ataúd. Pensemos que José Marrón fue un tipo muy popular y querido; su corona mortuoria debía estar a la altura del personaje. Se conserva y es hoy una “joya funeraria”, hecha de hierro moldeado, plumas negras, violetas de seda y rosas de pasta vítrea. Y aunque no se conservan, debieron de sorprender los túmulos de arcos y flores blancas donde se portaba a los niños muertos, como el que permaneció hasta no hace mucho en un cuarto alto del Molino de Doblas, frente al Convento, que hacía estremecer a los niños que curiosos entraban en esa estancia misteriosa.
Pero vayámonos a los primeros pobladores de este territorio, cinco siglos antes de nuestra era, y sepamos que en la zona de El Hacho se descubren restos de los ritos iberos de incineración de los muertos. Y del siglo I, son las terracotas romanas halladas por la zona de El Tejar, procedentes de tumbas de jóvenes muertas. Formaron parte de su ajuar funerario, al no llegar a casarse y no haber llevado así las terracotas como ofrenda a los santuarios. Es conocida la importancia que el mundo romano daba a la muerte y no solo al final de la vida, sino en el ámbito doméstico, honrando a los antepasados con altares en los hogares.
Esa costumbre inmaterial, heredada de ese mundo funerario romano, ha llegado sin duda hasta nosotros. Mi madre, por ejemplo, como “una antigua romana de la bética”, continúa su noble costumbre ancestral y loable de honrar a los muertos: en casa, han ido creciendo el número de velas que como altar en la noche de difuntos han alumbrado la “presencia” entre nosotros de los abuelos, primero la del abuelo Manuel, luego Juan José, Araceli y por último la inolvidable y gentil abuela Teresa. Siento que me corresponde ahora a mí ser el romano que enciende las velas para sus muertos; nos corresponde ahora a todos nosotros continuar así perpetuándolos.

LEYENDA, FANTASÍA, REALIDAD
Teresa Cabello, joven valenciana con orígenes en Benamejí, colaboradora de este periódico, contaba en su sección de radio la historia maravillosa acontecida a su madre en un cortijo cercano a Benamejí: de noche, tendió la mano en la penumbra del cuarto y encontró emergiendo de las sombras la mano de la abuela muerta.
Por su parte, la madre de José Antonio Jiménez Artacho nos legó las maravillosas historias de “las muertas emparedadas de largos cabellos” que ocupaban los muros del convento. Y las Ánimas, según se cuenta, en la noche de difuntos atraviesan la puerta tapiada de la Iglesia, por la calle de El Pilar. De todas, la historia más asombrosa -con tintes de realidad además- es la que nos cuenta Carmen Moliz sobre el antepasado que tras el sepelio, desenterró a su amada para llevar su gélido cadáver desde el Cementerio Viejo a la Ermita, donde puede que permanezca aún bajo el camarín de la Soledad. Románticos cadáveres nuestros, inquietantes espectros que vuelven a visitarnos en noviembre…

EL PATRIMONIO DE LA MUERTE
No hay que volver a decir del enorme interés de conservar esas fotos, coronas, rituales, historias… Y dada la importancia del patrimonio inmaterial, hablemos del interés que tiene que se siga engalanando el cementerio con velas y flores para la noche de los muertos.
Pero sobre todo hay que seguir hablando de conservar tanto patrimonio material de interés, olvidado y maltratado. En la Iglesia, no hace mucho que se intervino aliviando levemente las criptas, que habían sido convertidas en escombrera, y en la Ermita se han localizado y rescatado las lápidas procedentes además del Convento.
Del Cementerio Viejo, ubicado cerca de la ronda, conserva Benamejí los objetos de culto y el oratorio del Cristo de la Misericordia. Se mantiene además, por ser lugar de paso de ataúdes, el nombre popular de “Callejón de los Muertos”, cercano al lugar. Del bello cementerio actual, construido en 1912, no debiera perderse la suntuosa lápida de mármol blanco que ha sido quitada del primer panteón del cementerio, perteneciente al alcalde de los años 20 Don Salvador. Se ha desmontado también despiadadamente la tumba de Cayetano Muriel, que tenía unos interesantes relieves flamencos; nos corresponde ahora volver a hacer destacar el lugar donde descansa el cantaor con una figura en su honor. Seguimos trabajando en la creación del Panteón de los Marqueses de Benamejí. Y son interesantísimos el panteón central de estilo Art Déco, de forma octogonal, las tumbas con cruces de mármol de motivos florales de estilo Modernista, las de arcos ojivales de estilo Historicista, el arca labrada que fuera de Luis Mezquita, Niño del Palacio,… Pero sobre todo debemos de atender sin demora a la conservación del panteón donde se encuentra la lápida alusiva a la batalla del Puente de la Guerra Civil o la bella lápida negra con ángel esculpido, del famoso cura Prados; todos dentro del deteriorado, valioso, bellísimo e interesante Panteón del Santísimo.
Honremos a nuestros muertos, por favor.

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